miércoles, diciembre 28, 2011

La práctica artística y lo político



Entre otras, el arte tiene la función de entrenar nuestra sensibilidad no sólo en un sentido estético sino político. Lo político entendido no como una contienda entre partidos políticos, sino como lo público, es decir, como el espacio físico y “virtual” en el cual lo que está en juego es la configuración de un mundo humano más justo para todos sin suprimir la diferencia de los que ocupamos ese espacio público, nos permite pensar en nuestra intervención en dicho espacio. En otras palabras, la función política del arte es entrenar nuestra sensibilidad para una actitud pasiva (desinterés y no participación) o activa (intervención y participación) en el espacio público: aquellas obras de arte que exigen del espectador la mera contemplación pasiva entrenan al espectador para que su libertad quede circunscrita al ámbito privado, atrofiando el interés y la participación de los individuos en el espacio público; mientras que obras de arte que exigen a los receptores una participación activa para realizar, concretar o completar la obra, entrenan para una libertad que se concretice en una acción, posibilitando la intervención en el espacio público.
Este entrenamiento no se efectúa prescribiendo un “contenido” de la obra, sino en el proceso de producción de la misma y en su presentación: no se trata, entonces, de convertir a las obras artísticas en vehículos propagandísticos de un partido o postura política, sino de refuncionalizar el proceso de producción de la obra, así como la manera en que es presentada, “puesta en escena”.
La presentación de la obra de arte refiere a un proceso intrínseco en la producción de la obra artística. Tomemos como ejemplo la producción y presentación de la imagen en la pintura y en el cine: en la pintura previa al impresionismo y las vanguardias (sobre todo por lo que respecta al dadá y al surrealismo), la imagen presentada es una imagen total en la que el pintor interviene someramente[1], mientras que la imagen ofrecida por el cine es una imagen múltiple debido al montaje y a las posibilidades técnicas propias de la cámara y programas de edición, en donde el operador se adentra en situaciones, texturas y ángulos en los que el ojo humano no tiene acceso. La pintura, al ofrecer una imagen total, exige del espectador una contemplación que sumerge al espectador en la obra, permitiendo el flujo de pensamientos y el recogimiento en sí mismo, reduciendo su libertad al ámbito privado y entrenándolo para un comportamiento asocial. Entre 1935 y 1936, Walter Benjamin, entre otros autores, destaca en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica las posibilidades del cine como práctica artística para entrenarnos para un comportamiento no sólo activo sino crítico en el ámbito político. Nos dice Benjamin que la imagen múltiple presentada en el cine tiene como consecuencia, si atendemos al montaje, un efecto de shock en el espectador (efecto al  que las pinturas del dadá y del surrealismo buscaron dar lugar al pegar botones, boletos de tranvía, etc., en sus cuadros para evitar hacerlos objetos de inmersión contemplativa). Este efecto de shock es producido por la imagen múltiple ofrecida por el cine que se impacta en la sensibilidad del receptor como un proyectil, dando lugar a que el flujo de pensamientos se interrumpa y a que el público se disperse. Los receptores tienen, como primera tarea, el acostumbramiento de su aparato perceptivo a las nuevas tareas que esta presentación de la imagen les exige. Este acostumbramiento tendría lugar a partir del uso y el hábito. También señala que la imagen del cine es presentada mediante un sistema de aparatos, por lo cual el receptor se compenetra con el actor en la medida en que se compenetra con el aparato. Lo anterior trae dos consecuencias: el actor y el autor dejan de tener un carácter “sacerdotal”, de manera que el público puede hacer críticas como un experto, adoptando una actitud crítica y no meramente de disfrute frente a la obra. La segunda consecuencia es que, al desdibujarse la línea que separa al autor y al actor del público, aunado a la invitación de los medios a que el público pase de mero espectador a actor y autor de obras cinematográficas, el público tiene también derecho a ser filmado. Finalmente, destaca que la presentación de la obra cinematográfica está modificada por la distribución que de ella se hace: se presenta ante un gran número de espectadores: tanto por el espacio físico ─la sala─ a la que acude el público, como por la posibilidad de que, en diferentes latitudes geográficas, la misma obra pueda ser vista. Según Benjamin, el crecimiento del número de participantes modificaría la índole de su participación, en primer lugar porque nos entrenaría  para un comportamiento social. Aunadas a estas posibilidades que permitirían al cine contar como práctica artística que entrenara nuestra sensibilidad para un comportamiento crítico y activo en lo político, Benjamin advierte también los peligros que la forma de producción capitalista impone al cine: el derecho a ser filmado se traiciona con el culto al moviestar: el actor y el autor recuperan su carácter “sacerdotal” y el público en general quiere aparecer en pantalla también para consagrarse. Por otra parte, la producción cinematográfica está limitada a las exigencias de la producción capitalista: sólo se producen y encuentran apoyo técnico y económico aquellas obras que puedan contar como mercancía que pueda no sólo recuperar lo invertido, sino, generar ganancias, de manera que se restringen las propuestas para producir sólo aquello que puede ser un buen vehículo del valor o de una ideología específica defendida por aquellos que “dan” el apoyo. En otras palabras, Benjamin advierte el peligro de que el cine se convierta en industria y deje de ejercerse como práctica artística.
A unos años de  La obra de arte, y a la luz de la manera en que se ha hecho cine hasta nuestros días, podemos apuntalar lo siguiente:
1)      El acostumbramiento a las nuevas tareas impuestas al aparato perceptivo ha tenido lugar, aunque lamentablemente bajo el estándar de la propuesta generalizada de Hollywood que, como bien sabemos, es una industria, no un espacio para la práctica artística. El estándar se centra en efectos especiales, versiones tradicionales y futuristas de conquista, colonización y exaltación de valores democráticos y neoliberales, técnicos y científicos (un ejemplo de hace no mucho es Ávatar que, además, intentaba establecer el regreso del 3D ─atractivo extra que buscaba hacerla más rentable─), sensiblería, cliché, comedia ligera, a color y con cambio de secuencias rápidas, entre otras cosas.  Películas que salen de este estándar aún siguen causando shock y son criticadas con aversión por la mayoría (análogo a lo que sucedió en su momento con las pinturas de vanguardia). También, todo aquél cuya sensibilidad no haya sido completamente estandarizada conforme al canon hollywoodense, es criticado con aversión: No llorar ante el personaje que  muere de cáncer, o no emocionarse con la muchachita que de mesera pasa a ser millonaria y mundialmente famosa al ser descubierta por un gran empresario cineasta, cuentan como un crimen.
2)      El que el público pueda hacer críticas adoptando una actitud de experto, no implica que de hecho tenga una actitud crítica, pues ésta implica al menos, los siguientes elementos: la dimensión histórico-política, una preocupación por lo público y una distancia con respecto a lo criticado, y no es seguro que el público tome en cuenta esos elementos al emitir sus opiniones. Todos hablan, pero pocos emiten una crítica sustancial.
3)      No es seguro que el mayor número de participantes modifique la índole de su participación: la posibilidad que nos da internet de ver películas en línea o descargarlas más que entrenarnos para una participación en el espacio público, ha dado lugar a una masificación. Una vez más, la presentación de la obra tiende a un entrenamiento para un comportamiento contemplativo reduciendo la libertad al ámbito privado y entrenando la sensibilidad para una actitud pasiva y desinteresada en el espacio público.
4)      Efectivamente, la invitación de los medios a la participación en obras cinematográficas o realización de cortometrajes, generalmente sigue promoviendo el culto al star y, en lugar de aprovechar ese espacio para refuncionalizar la producción y la práctica artística para que sea ella misma una intervención y participación en el espacio público, así como que permita abrir más espacios de intervención y participación, termina siendo la satisfacción de haber tenido unos minutos de fama y, para los más afortunados, la posibilidad de escalar en el raiting del star. El individuo no está pensando en su intervención en el espacio público sino en sus intereses privados, entrenado para un comportamiento asocial y desinteresado por lo público.
5)      De tener un derecho a ser filmados, asistimos a la obligación de ser filmados y no precisamente con fines artísticos, sino de vigilancia que también tienen una función política.
Algunas de estas observaciones ya las había hecho Theodor Adorno al propio Benjamin en su momento (en correspondencia) y unos años después de la muerte de este último, en Dialéctica de la ilustración junto con Horkheimer. Sin embargo, es importante destacar que las posibilidades del cine aún no han sido lo suficientemente exploradas ni aprovechadas debido a que, como bien advirtió Benjamin, la producción cinematográfica convertida en industria ha estado determinada por el modo de producción capitalista y no buscando realizarse como práctica artística. Sin embargo, eso no quiere decir que absolutamente todo cine tenga esta modalidad. Finalmente, me parece importante apuntalar, que algo análogo ha de ocurrir con otras prácticas artísticas, tal el caso de la música y la industria de la misma, en la cual el producto debe ser rentable (convertirse en mercancía) y, por otra parte, la posibilidad de adquirir el cd, descargar la música de internet o escucharla en línea, si bien permite que un mayor número de personas tengan acceso a la obra, generalmente dan lugar a la masificación, donde la participación del público se reduce a la de un mero consumidor pasivo y privado. La función política del arte de entrenar nuestra sensibilidad para una actitud activa en el espacio público, es no sólo una tarea pendiente, sino una exigencia dadas las condiciones capitalistas predominantes en la producción y presentación de las obras artísticas, dado que a este sistema de producción conviene la no participación y la no intervención en el espacio público.


[1] Esto no quiere decir que imágenes ofrecidas por la pintura o por otras prácticas artísticas que empleen la imagen (la fotografía o el mismo cine) realizadas después de las vanguardias no tengan esta modalidad de exigir contemplación, entrenando la sensibilidad para una actitud pasiva en el espacio público.